jueves, 4 de octubre de 2018

¡Joder con... Móstar!

Artículo publicado en el mes de octubre en La Mar de Campos.

Vista de Mostar desde el Monte Hum

sábado, 14 de julio de 2018

¡Joder con... los Miguel se van al cabo de Gata!


En esta ocasión el destino hizo que las vacaciones nos llevaran hasta Almería, más concretamente hasta el cabo de Gata. Para que el viaje no se hiciese tan largo decidimos pasar un par de días en Águilas, Murcia. Allí descubrimos que un ser vivo en grupo puede joder las vacaciones a miles de personas y no, no estoy hablando de un consejo de Ministros, que también; hablo de las medusas, o como las bautizó Pablo: las mierdusas. Era pisar una playa y los ejércitos de medusas convertían sus arenas en una gelatina asquerosa. No hacían distinción entre murcianos y foráneos. Me preguntaba cómo era posible que no nos distinguieran: Yo me acercaba a la orilla y hablaba de qué fría estaba, o de que iba a intentar nadar un rato, o admiraba un castillo de arena chulo; a mi lado un grupo de tres jóvenes murcianas hablaban bien diferente. Charlaban sobre lo que hicieron la tarde anterior. Una de ellas les decía a las otras: “-Lleguemohs, nohs duchemohs y nohs cambiemohs”.  

Imagino lo diferente que hubiera sido la historia  si el cónsul romano Julio César hubiera nacido en Alcantarilla, a la hora de informar al Senado de lo acontecido en la batalla de Zela. El soso y anodino “Veni, vidi, vici”, se hubiera convertido en un apoteósico “Lleguemohs, miremohs, ganemohs”. Y si para rematarlo, hubiera añadido al final, tras una pequeña pausa, un “Acho”... ¡¡¡Buah, brutal!!!...



¡Qué importantes son los idiomas! Sin ir más lejos, comiendo en un restaurante en la playa de Pulpí, daban en las noticias cómo un aficionado mexicano, en el mundial de Rusia paraba una pelea de aguerridos y violentos ultras rusos al grito de “Trankiloski, trankiloski”. 



Sin apenas deshacer las maletas, nos pusimos en marcha rumbo al cabo de Gata.  Allí nos esperaba toda la familia. Cuando digo toda la familia, es mentira, no estábamos todos, seríamos sólo unos 70. ¿Motivo? Una boda. ¿Dónde alojarnos todos? En un camping. Acabamos con las existencias de bungalós, de helados y de bacalao en el restaurante. Tú pedías en el menú bacalao y el camarero te traía lo que le viniera en gana ese día bajo el pretexto de “no me ha llegado el bacalao”. Así toda la semana. Un día te sorprendía con merluza y otro con lubina. Al final cogimos el truco: Pedir merluza. Ahí te venía el fulano en cuestión y te ponía un exquisito bacalao acompañado de un “me se ha acabado la merluza”.  



La boda en cuestión era de mi prima Gema (Pasapalabra, Ahora Caigo, Un, dos, tres, Saber y Ganar, Euromillones, Loterías y Apuestas del Estado) y de Iñaki (El encantador de niños, Zumba, Aquagym, Yogafitnes, Yogagym), un joven de A Coruña, que nooo, que es broma; de Bilbao. Pero de Bilbao Bilbao. Cuando veía una araña grande al lado del bungaló entraba diciendo: Hoy hago la siesta en el Guggenheim. 



Él se lleva a una joya pero el que sale más beneficiado en esta unión es sin duda mi tío. Antes, los enlaces se hacían por tierras o por vacas. Creemos que en esta sociedad moderna todo ha cambiado pero qué equivocados estamos. Cambia el color y el nombre de la moneda pero el objeto sigue siendo el mismo. Mi tío entregó con el mayor de los entusiasmos a su hija pequeña  a una familia de Bilbao, los Manjarrés, a cambio de una actualización anual del Angel Driver. El tiempo dirá si el cambio ha merecido la pena. Mucho me temo que sí. No hay más que comprobar el despliegue de radares de la DGT. 



La boda en sí fue un acto inmejorable.  Sin más dioses y  ediles que la naturaleza volcánica y desértica de la zona con un fondo marino interrumpido por las montañas. Un altar que nada tenía que envidiar a Stonehenge por el que camareros y cuerpo técnico no paraban de repartir klínex. Cada vez que salía alguien a hablar todo se convertía en un derrame de lágrimas que más parecía un funeral que un casamiento. 



Al final, la emotividad sólo pudo ser combatida con jamón. Jamón serrano. Creo que la boda en sí solo dejó un resquicio a la superación (que no se me enfaden los novios): el postre. Como digo, todo fue muy difícil de superar, pero si a alguien le entra el espíritu competitivo en celebraciones de boda, la llave está en el postre. 



Para un candidato convencido a la diabetes como yo, un postre debe reunir obligatoriamente ocho de estos diez componentes para ser considerado como tal: sirope, crema, nata, chocolate, hojaldre, cabello de ángel, azúcar glas, almendra fileteada, miel y/o caramelo. Si no tiene un mínimo ocho de  ellos, de los cuales son obligatorios el chocolate y la crema pastelera, para mí, eso es un segundo plato, uno de estos modernos que juegan con el dulce y con el salado pero nunca un postre, salvo que seas vegano, estés a dieta, o seas un runner psicópata. Y por supuesto, lo más importante, con una sola cuchara. El que quiera probar que se vaya a un bufete. Un camarero que viene con un solo postre y ofrece dos cucharas, con un reflejo de eficacia en su semblante, de adelantarse a los acontecimientos, debería ser sacrificado al instante. Al igual que a los picoletos, no le pagan por pensar, si no por servir. 



Tras la boda iban pasando los días y mi promesa de salir a correr un día sí y otro no se iba difuminando. Todos los días me acostaba y me decía: “-Mañana madrugo”. Pues me costó 4 días madrugar. Esa mañana salí orgullosísimo con las marcas de la sábana en mi cara y los ojos como los de Yoda, sobre las 8. Cuando volví, una hora y 12 kms después, me encuentro con mi primo suizo:
-¿Vienes o vas?”
- No hombre. Ya estoy de vuelta- suelto con la cosa de que a quien madruga Dios le ayuda. 
- Para esto hay que salir a las 6. 
No te jode. ¡A las 6! Si alguna vez voy a Suiza, tranquilo que saldré a las 6. Bueno, por si acaso, no hay que calentarse, a ver si alguna día ...; las 7’30 puede ser una buena hora. 



Unos días después se organizó un viaje en kayak por la costa para ver calas inaccesibles por tierra y observar la geología del terreno. El guía, que algo sospecharía, lo primero que hizo fue preguntar si había algún geólogo o biólogo en el grupo, para evitar decir alguna barbaridad, y si daba algún dato incorrecto, pidió por favor, que le corrigieran. No sé si lo notaría en nuestras caras pero había más biólogos y geólogos por metro cuadrado en el grupo que tontos en el parqué de Nueva York. Nos enseñaron a utilizar la pala y a remar en pareja. No se debió explicar muy bien o nuestras entendederas no fueron muy acertadas porque todo eran expresiones de reproche: 
¡Quieres ir recto que te estás desviando hacia la costa indonesia, merluzo!; Acaso no ves que vamos directos a esa roca; Tienes menos coordinación que Mariano Rajoy; Si no fuera por mí aún estábamos en la playa; Pero si no hago más que sudar...

En fin, que sin saber cómo, llegamos a una cala desierta, salvo por un ejemplar humano femenino que se las debió prometer muy felices al llegar hasta esa cala en un pequeño cayuco, y viendo que estaba sola ante la inmensidad de la naturaleza decidió quemar sus ropajes y quedar tal como llegó al mundo.  No contó con el factor Miguel y apenas las últimas cenizas de su hato se extinguían, una horda de kayaks compuesta por biólogos, geólogos, ingenieros e incluso impúberes, formábamos un bello público que debatía sobre su vello púbico: 

-Esas formaciones tienen que ser por fuerza anteriores al cretácico. Hace años que no veía una cosa así en un ejemplar adulto. 
-No estoy de acuerdo. Las ingles brasileñas son una peculiaridad aislada solo datable en Europa y América. Quizás este individuo proceda de las no lejanas costas africanas. 
-Las dos formaciones que hay al norte del Peloponeso dejan claro  una procedencia  indoeuropea. 



Azorada, en mitad del debate, cogió su remo, montó en su cayuco y comenzó a alejarse entre murmullos, arrepentida de no haberse depilado. Ya lo decía mi madre: Hagas lo que hagas, ponte bragas. 



Iban pasando los días y el grupo mermaba. Las existencias de bacalao en el camping se iban estabilizando y los helados bajaron de precio. El resto íbamos visitando los últimos restaurantes cuyas reservas cada día eran más fáciles de conseguir (ya no se sorprendían al pedir una reserva para 15) y las últimas playas que nos quedaban por ver. Nos llevábamos de recuerdo muchos kilos de arena en los vehículos. No sé cómo estarán en Andalucía las denuncias por la extracción de áridos pero era un tema que me preocupó profundamente esos últimos días. Cabíamos en los selfies e incluso había huecos al fondo para inmortalizar paisajes. Durante mi última cena me dio por decir a la camarera, después de traerme una jarra de cerveza con su giste desbordante: "-Gracias, guapa". Pues nada, que tengo el juicio para el día 24.



Poco antes de partir, un vehículo, cargado de maletas y con el motor arrancado, paró delante de mi bungaló. El conductor manejaba una pequeña consola. Era mi tío, ansioso por sacar partido al casamiento, que volvía a Madrid. Inició un leve y continuo movimiento, mientras se alejaba la potente voz de Carlos Herrera le avisaba: “A 50 m gire a la izquierda”. 

domingo, 8 de octubre de 2017

¡Joder con ... Pus de Monio!

Artículo de opinión “Medio Llena” en el periódico mensual La Mar de Campos del mes de octubre.

Clik en la foto.


domingo, 6 de agosto de 2017

¡Joder con ... Conil!

Llevábamos cerca de 4 horas de viaje y estábamos deseando parar y estirar un poco las piernas. Cogimos una salida cerca de Almendralejo, la 666, y entramos en un antro oscuro para tomar un café. De pronto, comenzó a bailar Salma Hayek con una serpiente sobre los hombros. 
"-Vámonos cagando leches y no miréis para atrás".

Ya, en el coche, les di unas pequeñas nociones para luchar contra vampiros y zombis. Para los primeros nada como las napolitanas de chocolate. Es un tratamiento largo pero doblemente efectivo: machacamos sus caninos a la vez que aumentamos su índice de grasa. Contra los zombis el proceso es mucho más sencillo y eficaz desde el minuto 1, aunque las productoras de Hollywood quieran ocultarlo. Consiste en enterrar a nuestros muertos con los cordones de los zapatos atados entre sí. Un pequeño gesto que nos hará triunfar en el caso de que llegue una Guerra Z. 

Continuamos viaje y unas tres horas después llegamos a nuestro alojamiento en Conil. Se trataba de una preciosa casa muy confortable, bien comunicada pero en una zona tranquila y con una posición privilegiada en la que pudimos rememorar a los fundadores de la localidad:
"-Oh, qué maravilla! Pluguiera a los dioses darle un nombre- decía el fenicio mientras miraba al horizonte haciendo visera con la mano derecha sobre la frente.
-Por la gloria de mi señor que lo llamaremos Eldefonso de la Frontera-
-¿Eldefonso? ¿No le place más a vuesa merced con il?
-Pues Conil se llamará. No se hable más". 
Y así quedó bautizada para la posteridad. 

Instalados y con las maletas deshechas bajamos a buscar solaz en la piscina para quitarnos el polvo de los 700 kilómetros del camino.  En ella estaban retozando unos jóvenes extranjeros haciendo uso de esa incómoda moda (moda moda moda...) de ponerse ropa interior debajo del bañador. Pero lo de estos chicos era insólito. No sé si llevarían todos los bañadores de los que hace uso una persona respetable durante toda una vida, pero el caso es que llevaban muchos. Después de no poca reflexión dialéctica con mi cuñado llegamos a una conclusión. De todos es sabido la afición de esta gente por beberse todo lo que contenga espuma, muchos de ellos, incluso, hasta perder el conocimiento. Esto nos llevó a atar cabos y dedujimos que venían con un bañador por cada día de estancia vacacional. A la puesta de sol, bajo nuestra hipótesis, estarían obligados a desprenderse del bañador más exterior y así, cada día, desaparecería una capa. Cuando se encontraran como Dios les trajo al mundo, posarían la jarra de cerveza que tuvieran en la mano en ese momento en el primer sitio seguro que encontraran y echarían a correr como posesos hasta el aeropuerto para coger el vuelo de vuelta. 

Tras este primer contacto salimos a dar un paseo. Estaba oscureciendo pero el agonizar del día permitía ver el polvo que bañaba los coches. ¿Polvo? Si alguna vez habéis visto la demolición de un edificio os podéis hacer una idea del parque automovilístico de Conil. Cualquier calle de Conil parece una bocacalle del World Trade Center en el 11-S. Mi coche, que venía zurrado de todo el viaje y de sobrevivir a la cosecha y a tres encierros camperos, parecía recién sacado del concesionario. Incluso un munícipe me aconsejó con su gracejo: "-Pisha, no lo lave má. Kakí no te merese la pena de laval lo, hío". 

Decidimos irnos a descansar para levantarnos pronto al día siguiente y aprovechar una mañana de playa. Con los ojos inyectados en salmorejo nos costó mucho abrir nuestros párpados pero era necesario levantarse temprano. Estaba hablado de antemano. Por muy tarde que nos acostáramos la hora de la diana no era negociable. Nunca más tarde de las nueve. Con nuestra fuerza de voluntad trabajando a toda máquina conseguimos hollar la arena de la playa a las 14'15 (hora española) y a las 14'20 Pablo la estaba hoyando. No problem. Aquí no madruga ni el sol. Había una bruma costera que cubría el ambiente. 
-Ha venío el invienno- decían algunos. Debían de ser extraterrestres porque estas afirmaciones las hacían en tirantes y sudando. Si estuvieran por aquí los Stark....

Cuando por fin salió el sol comenzó la pasarela de las nuevas tendencias. Los bañadores, año tras año, están siendo fagocitados por las nalgas. Las modas son así.  Cuando ya no haya nada que fagocitar los diseñadores dirán: "-A tomar por culo, ahora por las rodillas. La juventud traga con todo".  Y pondrán bañadores pololo y de cuello vuelto. 

Entre la pasarela de arena me llamaba la atención una especie superior que habita las playas. Son muy parecidos a los humanos pero, aquéllos, son capaces de permanecer en su fortín de la playa durante 21 horas seguidas sin que se les adhiera un solo grano de arena, aún con media docena de churumbeles al lado bien provistos de cubos, palas, raquetas y retroexcavadoras. Los profesionales de la playa hacen propias las palabras de Jesús-Hombre: "Sobre esta roca edificaré mi iglesia". Y, así, colocan la nevera portátil. A su alrededor, siguiendo un orden preestablecido, sólo conocido por los iniciados, completan el templo de toallas, sombrillas, sillas, mesas, cortavientos, suelo radiante y repelente de arena. Nosotros, los noveles, llegamos con nuestras 5 toallas y apenas las posamos en el suelo, el repelente de arena de los de alrededor hace que todo grano que pasa por allí, amén de los que hoya Pablo, se nos pegue. Mientras, mis vecinos, sacuden el felpudo Welcome a la entrada de su campamento con la seguridad que les da saber que ni el temido levante puede hacerles mella. 

El Levante en Conil es como si se presentara el Apocalipsis. Nosotros no lo sufrimos pero nuestra casera, Isabel, antes de preguntar nuestros nombres y hablar del vil metal, lo primero que nos advirtió fue sobre este fenómeno: "-Si hubiera levante, ya lo siento, plegad los toldos, cerrad puertas y ventanas, meteos en la habitación del pánico y si hay bajas, Dios no lo quiera, enterrad los cadáveres con los pies atados, por si hubiera una Guerra Mundial Z".

Comimos a las 18 h con los bañadores mojados y los cuerpos repletos de arena. Abandonamos el lugar a las 20 h con los bañadores mojados y los cuerpos repletos de arena. Recorrimos los 10 km que nos separaban de la casa en 75 minutos (en coche, se entiende) y dejamos nuestra humedad y nuestra arena a buen recaudo en los asientos del vehículo. "-Esto es vida- decíamos. Pero si un empresario nos contratara para hacer esto durante una semana pagándonos dos de los grandes le tacharíamos de fascista explotador al servicio de los bancos y de los mercados que sólo busca enriquecerse a nuestra costa el hijodelagranputa. 

Así pasábamos los días entre chiringuitos, arena, coche y madrugones. No dejaba de llamarme la atención uno de los mayores espectáculos paisajísticos que podemos contemplar en Conil. Éste no es otro que la blancura de las casas. Todas son blancas como la leche. Unas con tonos desnatados, otras con matices de soja, las hay de almendras, de arroz, sin lactosa, semis... pero, todas, blancas. El comercial de Titanlux, que llegó a Conil para abrir mercado, bajo el título de Comercial de la Década, fue prejubilado a las dos semanas. Días más tarde lo encontraron en su blanco garaje dentro del vehículo, con el motor encendido y una manguera desde el tubo de escape hasta la ventanilla. 

Se acercaba la hora de hacer las maletas y no sabíamos qué hacer con los cerca de 1450 kilos de fina arena ocultos en la ropa y en el vehículo. Decidimos en asamblea arriesgarnos y confabularnos para ponerla en el mercado. Pablo se encargaría de su tratamiento, Carol y Raúl la distribuirían por Madrid principalmente y yo me haría cargo del transporte. María José blanquearía la pasta. Pero algo inesperado cambió los planes. Apareció el Levante y se lo llevó todo. 


De camino evitamos la salida 666 y comenzamos a buscar nuevos destinos al son de (te va a resonar todo el día en la cabeza y no lo vas a poder evitar) Des-pa-ci-to. 

domingo, 2 de octubre de 2016

¡Joder con... los hospitales!

La salud es algo tan caprichoso y efímero que, apenas acabas de afirmar que gozas de una naturaleza de hierro, cuando, en unos segundos, te ves pidiendo tierra. Y cuanto antes mejor. 
No hace tantos días entré encogido por la puerta del hospital con un insoportable mal de tripas. Apenas pongo los pies en la sala de espera, un médico me llama para explorarme.  Me ponen una vía, me dan un calmante, me llevan en silla de ruedas hasta la sala de ecografías y salta la primera alarma. La tipa me dice: "-Voy a hablar con el médico". En el pueblo sería la comidilla: "La chica del ecógrafo se habla con el doctor!" 
Vuelve y me llevan a una puerta que pone TAC, lo que en un lenguaje coloquial, para que nos entendamos todos, viene a ser una tomografía computerizada. No me hacen uno, ¡me hacen dos!  Segunda alarma. En el segundo me inyectan un líquido. La responsable me informa de que voy a notar calor en la garganta y en mis partes, y que, además, no me mueva. Mi mente, práctica hasta el extremo, hace su trabajo: si el tipo de la silla de ruedas me acerca hasta el lupanar más próximo y me pide un orujo de hierbas, dando mi palabra de honor de no moverme, obtendremos unos calores prácticamente iguales y con 10 euros y una hora de celador lo tenemos hecho. Incluso el agua de fuego puede hacer que se templen mis tripas. El despilfarro en sanidad es porque no se actúa con cabeza. 

Después de los calores vuelvo al box y el médico llama aparte a mi mujer. Tercera alarma. Aquí es cuando me empiezo a poner nervioso de verdad. Esto tiene mala pinta, amigo. No puedo evitar ponerme en lo peor. ¡A que son ladillas! 
El galeno, por fin, se digna a hablar conmigo. Yo creo que ha recabado datos de mi personalidad con mi mujer para hacerse una idea de la causa y el grado de mi retraso o algo así: "-Salvo que el cirujano diga lo contrario, lo más probable es que te operen. Tienes el intestino retorcido." Yo no paro de pensar: "-¿Retorcido? Si analizas  mi sesera me encierras-." 

Por fin viene el cirujano. Un tipo muy majo y agradable. Me explica las posibles causas, el proceso a seguir y las posibilidades de salir con vida. Opta por dejarme pasar la noche en observación y así poder despedirme de mi mujer. De momento me libro del quirófano. Me pone una sonda nasogástrica, (Naso, del latín 'nasālis': puta; y gástrica, del griego 'gastriko': de mierda). Para el que no sepa lo que es, es un tubo que te meten por uno de los agujeros de la nariz, escogido al azar (en mi caso se lo jugaron a los chinos), y lo dirigen hasta el estómago mientras las enfermeras te dicen que colabores y tragues. Algo parecido se debe sentir en una violación múltiple. Pero la cosa no acaba ahí, luego tienes que convivir con el tubito dentro. Cada vez que cierro el gaznate parece como si sufriera las anginas más virulentas de mi vida e intentara tragar cristales. A Jesucristo, en su Pasión, le hicieron lo que se llama muchas judiadas y los romanos le dieron lo suyo, pero no le pusieron una sonda nasogástrica. La historia del hombre pudo haber sido bien diferente. No creo yo que en la cruz y con una sonda nasogástrica hubiera dicho eso de "Padre, perdónalos por que no saben lo que hacen". Me lo imagino mirando hacia arriba, cabreado e implorando venganza: "Padre, yo con esta gente no puedo. ¡Qué les den por culo! Déjalos y que se exterminen entre ellos."  Y hoy en día sólo habría vascos, para ser más precisos de Hondarribia. 

Acabo ingresado en una habitación para pasar mis últimas horas. Yo no dejo de preguntarme si hay vida después del quirófano. El cansancio me envuelve, cierro los ojos, trago y puta de mierda me despierta. Así toda la noche. Cada vez que alguien entra por la puerta de la habitación yo le aprieto: "-¿Me vas a quitar la sonda de las narices?" Unos me dicen que vienen a hacer la cama, otros que vienen a fregar, otros que eso lo dictaminará el cirujano y MJ que es la tercera vez que me dice que NO. Todo esto me trae a la memoria las palabras que un sargento paracaidista  tenía el gusto de dedicarnos a la tropa: "-Tú pide por esa boca que te darán por ese culo."  

Llega la hora 16 p. s. (después de la sonda) y entra el cirujano. No bien da los buenos días, yo hago mi mejor interpretación de Regan, la niña del exorcista. Mi papel es ejecutado de forma magistral y el cirujano, asustado, sale a por unos guantes y agua bendita. Me quita la sonda ipso facto. "-Gracias Padre Carrack. Esto no lo olvidaré nunca". Le doy un abrazo. Me comenta que comprende mi malestar por que a él con 17 años le pasó lo mismo y desde ese día estudió para ser médico y poner sondas a discreción aunque tu mal sea un menisco. "-La vida me lo debe- me guiña un ojo con malicia y continúa-. Eres joven para estudiar medicina. Piénsalo."  

Más tranquilo, sin sonda, de tú a tú, el médico me vuelve a alarmar: "-Esto que te voy a decir es muy difícil para mí." La cara se me cambia y un hormigueo recorre mis tripas: "-Adelante. Sin rodeos, doc." Coge aire, se concentra y lo suelta: "-Como poco coco como, poco coco compro. Toma ya, a la primera. En fin, ya está dicho. Que te veo muy bien, chavalote. Vete bebiendo líquidos y si todo va bien mañana te damos de desayunar. Si lo asimilas, te vas."  

Mientras, el whatsapp echa humo. Muchos coinciden en culpar al deporte. ¡No te jode!, ni que estuviera todo el día fumando crack. Recuerdo aún las imágenes dantescas del final de los JJOO en el aeropuerto de Río, todos esos deportistas con su sonda nasogástrica esperando sus vuelos, a excepción, eso sí, de los golfistas y los del pádel. 
Si en casa digo "Me duele la rodilla" eso es por correr; si digo que "estoy cansado", es por que vaya palizas que me doy; si tengo hambre, es que no paro. Si cuido mi alimentación es que me estoy quedando muy delgado. En fin, que vivo rodeado de operados de menisco que no han corrido más de 200 metros seguidos nunca, pero el obsesivo e imprudente soy yo. 

Después de una tarde tranquila, en la soledad de mi habitación comienzo a notar algo por ahí abajo. "-Creo que estoy rompiendo aguas"- me digo. Las contracciones se suceden cada vez más rápido. Sin epidural, sin un palo que morder ni nada de nada, dilatado de pocos centímetros, asoma la cabecita. Se produce el alumbramiento. Es un ser pequeño aunque no por ello poco deseado. Allí está haciéndome ojitos. Le llamo Benjamín y pulso el botón del inodoro. No me tiembla el pulso. 
Doy parte a las enfermeras (verbalmente) y después de hacer los avisos oportunos se informa a los usuarios de que en la A67 queda restablecido el tráfico. 

Para asegurarme hago algo temerario. Mando a mi mujer a comprar un paquete de pan de molde y como la primera rebanada de la bolsa, esa que no quiere nadie, la indigesta, la que no tocamos ni con un palo.  Si digiero esto la vida fuera del hospital me espera. Y así es. 

Sólo queda recibir el alta. Tarda en llegar. Mi cirujano en un exceso deportivo ha tenido la suerte de romperse la clavícula, así que en un acto de consideración por su parte me da el alta telefónicamente. Mientras tanto mi mujer y yo vemos en la TV de la habitación Forrest Gump a la espera de que me quiten la vía. Pensando en todo lo que me ha pasado, una vez más tengo que dar la razón a la señora Gump: "-La vida es una caja de bombones....."

sábado, 23 de enero de 2016

¡Joder con... los restaurantes chinos!

Me refiero al restaurante chino de toda la vida, no a esos modernos con tintes occidentales y capitalistas que te ofrecen, incluso, tortilla de patata y el camarero ni tan siquiera sonríe por que se ha vuelto demasiado europeo.  Los buenos, los genuinos, se llaman Pekín, Gran Muralla o Dragón. Éstos tienen un fondo de música relajante en los que puedes escuchar cascadas de agua. 

El inmigrante chino tiene fama de formar clanes prácticamente inaccesibles al resto de ciudadanos; no mantienen contacto, no se mezclan con las otras culturas y se les tacha de poco sociales. Ahora bien, tú entras en uno de estos restaurantes y todo el personal te recibe con un protocolo y unas sonrisas que cualquier Lord inglés envidiaría. Incluso el cocinero, deja su labor de despiece  del último fallecido del clan (esto si atendemos a los mitos de que no se ven esquelas de chinos) para recibirte con una genuflexión mientras enjuga sus mojadas manos con un trapo. Este gesto no lo he vivido en ningún otro tipo de restaurante. 

Imagino que algo parecido sentirá Piqué cuando, después de aparcar durante tres horas su flamante vehículo en una plaza de minusválidos, sale de la discoteca y se encuentra con tres municipales rellenando boletines mientras dicen por lo bajo: "-¡Que viene, que viene, ffhhu, ffhhu!"

El idioma, a priori, puede parecer un obstáculo. Para nada, un chino recién aterrizado, tras acomodarte en un salón con 200 comensales en el que un europeo no sería capaz de hacer un trastero y sin tener ni idea de castellano, te acomoda, te entrega la carta y te toma nota de la bebida. El idioma chino no tiene traducción para gaseosa. Yo que soy un hombre de mundo, me he dado cuenta de que cuando le pides cerveza con gaseosa y se acerca a llevar la comanda a la barra, el camarero balbucea palabros entre los que reconoces un "Casela". 

Después de ojear y de hojear la carta te diriges al camarero vocalizando y hablando despacio como si tuvieras en frente a un extraterrestre con cierto retraso. Él apunta cosas en su libreta ininteligibles para nosotros que nos lleva a pensar: "Este capullo no me ha entendido ni jota. Me va a traer lo que le salga de sus amarillas pelotas". Pues no. Sorprendido, comienzan a entrar platos, y aquí el chino en cuestión, hace un despliegue inusitado de conocimiento del idioma.  Te va anunciando los siete platos del menú que trae de una sola vez, y, mientras tú intentas averiguar qué plato es cada uno, el chino va haciendo un alarde de trilero y coloca todos y cada uno de los platos en la mesa. Si aplicáramos fórmulas matemáticas y calculáramos el valor de las superficies de todos los platos y la de la mesa, nos daríamos cuenta de que la última arroja un valor bastante menor que el de la primera. ¿Qué quiero decir con esto? Que es imposible que los platos no se caigan ni se monten unos encima de otros. Indefectiblemente un pensamiento nos llena de asombro: "-¡Qué cabrón, el chino!". 

De todos es sabido que el pueblo chino es muy dado a copiar. Lo copian todo. En una ocasión mi inveterada bebida, cerveza con gaseosa, se transformó en Geineken. Con Casera, por supuesto. Ahora bien, no todo lo que copian obtiene un resultado decente. Un ejemplo claro es el pan. En el pan no han conseguido dar con la tecla. Tú pides un pan chino y te lo traen caliente, le falta sal; o levadura; o en lugar de horno han metido fuego. ¿Cómo han subsanado esto? Con el nombre. "-Lo llamamos pan chino y a tomar por culo. ¿Quién va a ir a Pekín a preguntar por una panadería?"

Trabajadores son como el que más. Horas y horas de apertura y servicio al cliente sólo pueden traer ganancias y ahorros. “-¿Qué hacen con tanto dinero?”-nos preguntamos. Eso es algo tabú. Nadie sabe qué es de los miles de euros que deben de guardar sólo Dios sabe dónde. A parte de procrear, sólo conocemos un vicio que les apasiona: las máquinas tragaperras. Las nuevas generaciones chinas tienen nombres tan variopintos como Campanas, Cirsa, Avances o Especial. 

Lo de la procreación es un tema aparte. El arroz es un símbolo universal de fertilidad pero si de mí dependiera los granos de arroz tendrían los ojos rasgados. Aunque en occidente no hay casos documentados, en China se tienen noticias, a pesar del férreo control gubernamental, de chinos varones capaces de provocar embarazos con sólo mirar fijamente a los ojos. ¡Incluso siendo varón el objeto pasivo! Aunque suena un poco fantasioso, no seré yo el que mire directamente a los ojos a un chino en edad fértil. 
Aquí, en mi pueblo, se dio hace unos años un caso cuando menos llamativo. La hija del herrero quedó en estado de buena esperanza y en seguida se dispararon los cuchicheos sobre el padre de la criatura. Se la criticó, y mucho, pero ella no paraba de jurar que era doncella. Hundida y mancillada, para limpiar su nombre, se sometió a una revisión médica. Por voluntad propia, el informe del ginecólogo se publicó en un Bando Municipal en el que todos pudimos comprobar atónitos y asombrados que el padre era Huang, el cajero del Todo a Cien. Al parecer, rozó la mano de la Encarni al darle el cambio de unas pilas Durasel. El resultado: gemelos. Desde ese día han obligado a Huang a despachar con gafas de sol y guantes de látex. A pesar de ello, la gente lleva el importe justo o rechaza las vueltas. 

Un gran pueblo el chino. Trabajador, abnegado, humilde, prolífico y misterioso. Serviciales y acogedores en esos fabulosos restaurantes. Para terminar voy a colgar el calendario de mi última cena en el Gran Muralla y a esperar a que hable el Predictor (al pagar se me olvidó lavarme las manos y no estoy para correr riesgos).

domingo, 2 de agosto de 2015

¡Joder con... las vacaciones!

Vacaciones en Cádiz.

Son las 4 am. Comienza una maravillosa semana de vacaciones en la playa y en familia. Nuestro destino es Cádiz. Madrugar es la única solución para que el pequeño no dé mucho la tabarra y haga el viaje dormido. En Castilla y León está prohibido el cloroformo y en el coche no puedo sintonizar el Boing. 

Enfilamos por la ruta de la plata con más de 700 maravillosos kms por delante. A medida que se vacía el depósito de gasoil aumentan las dudas a la hora de escoger una buena salida para repostar. Todas las estaciones de servicio que dejamos atrás tienen una pinta estupenda, están al lado de la autovía y además el parking tiene los coches suficientes para hacernos creer que se come bien, pero no tantos para que nos haga sentirnos agobiados. 
En la próxima paro, me digo. Aquí es donde se cuela el factor laputavida. La siguiente, resulta ser una estación de servicio de mierda que te saca a 5 km de la autovía. El GPS no para de repetir: "-Coja la primera salida y dé la vuelta".  Para mejorar las expectativas acaban de parar dos autobuses de jubilados y tres del Sporting que viene de jugar un amistoso contra el Fregenal de la Sierra, justo antes de parar nuestro motor y ya se están haciendo fuertes en la barra. Además, el camarero está de resaca y se ha roto el aire acondicionado. Voy al aseo para cambiar las aguas. Sale un tipo ajustándose el cinturón que evita mi mirada. Mal gesto. Esto no augura nada bueno. Abro la puerta del retrete y se confirman mis sospechas. Vámonos. Ya pararemos por Almendralejo. 
Continuamos viaje y, ahora sí, las siguientes 212 estaciones de servicio vuelven a ser un paradigma del paraíso. 

Por fin llegamos. Ya estamos en el Puerto de Santa María. Ya nos hemos hospedado. Mientras buscamos un sitio para comer saludamos a la mitad de los vecinos del pueblo de los que venimos huyendo pero que indefectiblemente te encuentras año tras año, sea cual sea el destino elegido. 

Muchas playas, muchísimas, optamos por una de la zona conocida como los Toruños que me transportan al baño del bar de carretera donde paramos hace ya unas horas. 
Una maravilla de playa, arena fina, larga, muy larga y sin problemas de espacio. 
El cansancio del viaje hace mella y mis ojos comienzan a cerrarse. Una campanilla me despierta. Glin, glin, glin, glin, glin.... Los buscavidas advierten su presencia a toque de esquila: "- Vamo niña. A euro. Lo mehore durce der Puerto. La napolitana, lo shusho con su asuquita. Venimo a endurzarte la tarde."
¡Tarde! la que me estáis dando, cabrones. Tú, el de las Cocacolas, el de los pareos, el de los mojitos, el de las trenzas, el del pescaíto, el de las copas en la disco.... Como diría Robe Iniesta: ¡Iros todos a tomar por culo!

Hotel muy bonito, céntrico y limpio; los porteños, simpáticos y serviciales; la comida buena y barata; el ambiente agradable. En resumen, recomiendo el Puerto de Santa María. Le doy dos estrellas GoodYear. 
Puedes, incluso, dar un paseo en calesa. Yo no lo hice pero sí vi a un inglés de Southampton que tomando asiento le decía al conductor: "-Mi querer ver puertou deportivou." Desaparecieron entre la caló y el tráfico. Media hora más tarde les volvimos a ver, el guía igual, el inglés más rojo si cabe y el caballo desencajado por semejante paliza. Tras pedir la cuenta, el hijo de la pérfida Albión protesta, sintiéndose engañado por la cuenta: "-Mi querer ver tarifa." El caballo asustado no se permite el lujo de dudarlo un instante y girando su cuello no da opción al guiri; "- A Tarifa te lleva tu puta madre".

Es un tópico eso del desapego al trabajo por parte del pueblo andaluz. Yo sólo puedo decir en su defensa que la culpa es del clima. Por lo general soy de dormir alrededor de 7 horas. Pues aquí 12 no me eran suficientes. Llegaba a la playa y caída en brazos de Morfeo. Comía y me quedaba traspuesto. Nos sentábamos a tomar un refrigerio en una terraza y el peso de los párpados era insuperable. Era llegar al hotel por la noche y abrir los ojos sobresaltado a las 12 del día siguiente: "-¿Dónde estoy? ¿Cómo ha quedado el Madrid?"
Así que no culpemos al pueblo andaluz, culpemos al clima. Un andaluz en unas condiciones climatológicas más favorables no tiene nada que envidiar a un chino en cuanto a productividad se refiere. 

Uno de los días montamos en un catamarán con destino Cádiz. Es un viaje plácido y tranquilo aunque no debe pensar lo mismo un tipo que se sentó a mi lado. Apenas zarpamos comenzó a perder el color. Todos los días de bronceado se fueron en un "levad anclas". Yo, servicial le ofrecía bolsas y le animaba a que asomara la cara por estribor para recibir el viento de poniente en su rostro. Dos veces tuve que sujetarlo para que no fuera pasto de los tiburones. Ya en puerto, la tripulación tuvo que hacer uso de todo su poder de persuasión para que soltara la barandilla y abandonara el barco. A la vuelta, en el interior de una tasca, volví a oír su voz familiar. En pose orgullosa, rodeado de grumetes, proclamaba cómo en uno de sus viajes por los siete mares, la tormenta partió el palo de mesana y tras comprobar que todos huían, cortó el velamen a la vez que las olas le castigaban el cuerpo y cegaban sus ojos. De vez en cuando hacía una pausa para despertar la curiosidad de los marineros dando una chupada a su pipa. En una de estas pausas no tuve por más que felicitarle y hacerle llegar mi alegría de que hubiera recuperado el color y el espíritu. Aunque yo juraba a la parienta que era el de los mareos, éste se excusó: "-Caballero, nunca antes nos hemos visto. Usted me confunde con otra persona." Dicho esto, pagó su consumición y se esfumó. 

En Cádiz pude ver hechos y personajes que pensaba extinguidos hace ya siglos. La vida del Buscón y el Lazarillo de Tormes pululaban por las antiguas calles gaditanas. Una mujer entre cómica y patética quería hacer ver a los ciudadanos y ciudadanas una rara enfermedad consistente en poner un pie patizambo, el otro, unos centímetros adelantado pero con los mismos síntomas; ahora doblamos la cadera 90 º y mantenemos el tronco paralelo al suelo, para no acabar con una distrofia real, la impostora apoyaba el peso del cuerpo en sendas muletas, la cabeza erguida y el rostro compungido completaban esta rara enfermedad, a día de hoy, no reconocida por la OMS. Unas monedas rodeaban a esta extraña figura. 

Otro de los sujetos que más llamó mi atención fue el hombre de la silla. El hombre de la silla es desgarbado, alto, de tez morena. Una perilla adorna su afilado rostro y está tocado con una gorra echada hacia atrás y de los Nets. En una mano ase una botella, medio llena vamos a decir, de vino y con la otra empuja una silla. Lo que descuadra la imagen es la silla. Se trata de una silla de oficina, de cinco ruedas, tapizada en color verde y con más mierda por centímetro cuadrado que un establo. El tipo la lleva allá donde va. Discute con todo el mundo y pide monedas a quien le quiera escuchar. Toma asiento unos segundos, da buena cuenta de la botella y continúa calle abajo con su lecho de pulgas a ruedas. 

Otro de los días, nos acercamos a un parque acuático. Lo primero que me impactó fue un sujeto de unos 60 años algo fondón. Más que el fulano, lo que te impedía mirar a otro lado, era su bañador. Mejor dicho, la manera en que lo llevaba puesto. Era tipo turbo. Negro. Y grande.  Lo llevaba alto, como si unos tirantes invisibles lo elevarán por su tronco. Por su forma de hablar diría que era de fuera pero  por la forma de llevar el bañador diría que era extraterrestre. Además puedo afirmar que no se llevaba bien con su familia. Si le quisieran, aunque sólo fuera por heredar, algún miembro le tendría que haber advertido: "-Bájate eso, por dios-". 
Si llenáramos de plomo el bañador y le lleváramos a un hospital para realizar unos rayos, en la placa resultante sólo podríamos analizar enfermedades pulmonares, nada de riñón para abajo. 

Nuestra estancia en el parque terminó de forma trágica. Después de presenciar cómo un niño pedía ayuda ante un inminente ahogamiento, me despojé del reloj, le cedí el iPhone a la parienta confiándole la clave de desbloqueo y me tiré a auxiliar al pequeño ante la pasividad de los socorristas que habían quedado acongojados ante tan complicada misión. Resultado: niño a salvo y yo con una incisión en la barbilla que había que suturar. Y rápido. Saqué un hilo del dobladillo del bañador y pedí urgentemente una aguja, un espejo y una botella de whisky. Me cerré la herida con tres puntos mientras la gente se agolpaba y daba palmaditas en mi espalda. No ha colado, ¿verdad?  Está bien. Me caí del tobogán y el médico me tuvo que prometer que me podía quedar con el palito si dejaba de gritar. 

La segunda mitad de las vacaciones estuvimos en Tarifa. 
Tarifa está bien si te gusta el surf y tienes cometa, luces tatuajes, comes pizza y no te asusta el agua fría. 
En el Puerto Sta Mª el agua de la bahía está calentita. Si eres de infusiones, puedes meter al baño maría una bolsita de roiboos o de cola de caballo y en unos minutos tienes una bebida caliente. Incluso mi mujer se bañó. Ella que se ducha con traje de neopreno. En Tarifa, no. A Tarifa llega una foca gris y mete una aleta, luego la otra, dice un par de veces "¡coooño!". Vuelve a la arena. Se lo piensa. Cierra los ojos al grito de "suputamaaaaadre" y antes de sumergirse, saca un billete para Marruecos en el primer ferry. 

En Tarifa los valores del culto al cuerpo están bastante desarrollados. Ellos caminan por la playa con esos andares entre robóticos y de confianza en uno mismo que dan los músculos. Siempre me pregunto si este proceder es más físico que psicológico o viceversa. Los kilos de músculos están aderezados con múltiples tatuajes. Hoy en día, en una playa, si no tienes un tatuaje eres como una gaviota. Si tuviera que elegir, me tatuaría el six pack y así mataba dos pájaros de un tiro, con perdón de los animalistas, es sólo una expresión, no os vayáis a querellar. 

Ellas, con sus bañadores intentan tapar el espacio comprendido entre dos meridianos consecutivos, lo que viene siendo, en castellano, la raja el culo por detrás y el felpudo maldito por delante. Más tarde sustituirán sus pedacitos de tela por unos pantaloncillos en los que la unidad de medida ya no son los meridianos. Ahora nos vamos a expresar en paralelos. Aquí la raja el culo no es lo importante. Lo que importa son los mofletes y su visibilidad. Prestando especial atención a los hemisferios sur de ambos. Llegar a ver el ecuador es difícil pero hay casos documentados. 

Un par de días en Tarifa me han dejado exhausto. Dormir es imposible. La cama del apartamento cruje. Al más mínimo movimiento chilla como si estuviera metiéndose en el agua. A veces creo que sólo pensar en darme la vuelta es captado por ella y comienza a crujir despertando al bloque entero. En una ocasión intenté engañarla levantado despacio una mano para luego mover un pie pero fue más lista, me pilló. Acabé durmiendo en el suelo. El dueño se niega a hacernos una rebaja y asegura que todo son fantasías pero en sus ojos se aprecia algo: comprensión. 

Son las 4 am. Ha pasado una semana. Despierto con los ojos inyectados  en sangre. La puta cama no ha dejado de gritar en estos últimos tres días. Iniciamos la vuelta a casa con la esperanza de dormir sin sobresaltos.