Artículo de opinión “Medio Llena” en el periódico mensual La Mar de Campos del mes de octubre.
Clik en la foto.
domingo, 8 de octubre de 2017
domingo, 6 de agosto de 2017
¡Joder con ... Conil!
Llevábamos cerca de 4 horas de viaje y
estábamos deseando parar y estirar un poco las piernas. Cogimos una salida
cerca de Almendralejo, la 666, y entramos en un antro oscuro para tomar un
café. De pronto, comenzó a bailar Salma Hayek con una serpiente sobre los
hombros.
"-Vámonos cagando leches y no miréis para atrás".
Ya, en el coche, les di unas pequeñas
nociones para luchar contra vampiros y zombis. Para los primeros nada como las
napolitanas de chocolate. Es un tratamiento largo pero doblemente efectivo:
machacamos sus caninos a la vez que aumentamos su índice de grasa. Contra los
zombis el proceso es mucho más sencillo y eficaz desde el minuto 1, aunque las
productoras de Hollywood quieran ocultarlo. Consiste en enterrar a nuestros
muertos con los cordones de los zapatos atados entre sí. Un pequeño gesto que
nos hará triunfar en el caso de que llegue una Guerra Z.
Continuamos viaje y unas tres horas
después llegamos a nuestro alojamiento en Conil. Se trataba de una preciosa
casa muy confortable, bien comunicada pero en una zona tranquila y con una
posición privilegiada en la que pudimos rememorar a los fundadores de la
localidad:
"-Oh, qué maravilla! Pluguiera a los dioses darle un nombre- decía el
fenicio mientras miraba al horizonte haciendo visera con la mano derecha sobre
la frente.
-Por la gloria de mi señor que lo llamaremos Eldefonso de la Frontera-
-¿Eldefonso? ¿No le place más a vuesa merced con il?
-Pues Conil se llamará. No se hable más".
Y así quedó bautizada para la
posteridad.
Instalados y con las maletas deshechas
bajamos a buscar solaz en la piscina para quitarnos el polvo de los 700
kilómetros del camino. En ella estaban retozando unos jóvenes extranjeros
haciendo uso de esa incómoda moda (moda moda moda...) de ponerse ropa interior
debajo del bañador. Pero lo de estos chicos era insólito. No sé si llevarían
todos los bañadores de los que hace uso una persona respetable durante toda una
vida, pero el caso es que llevaban muchos. Después de no poca reflexión
dialéctica con mi cuñado llegamos a una conclusión. De todos es sabido la
afición de esta gente por beberse todo lo que contenga espuma, muchos de ellos,
incluso, hasta perder el conocimiento. Esto nos llevó a atar cabos y dedujimos
que venían con un bañador por cada día de estancia vacacional. A la puesta de
sol, bajo nuestra hipótesis, estarían obligados a desprenderse del bañador más
exterior y así, cada día, desaparecería una capa. Cuando se encontraran como
Dios les trajo al mundo, posarían la jarra de cerveza que tuvieran en la mano
en ese momento en el primer sitio seguro que encontraran y echarían a correr
como posesos hasta el aeropuerto para coger el vuelo de vuelta.
Tras este primer contacto salimos a dar
un paseo. Estaba oscureciendo pero el agonizar del día permitía ver el polvo
que bañaba los coches. ¿Polvo? Si alguna vez habéis visto la demolición de
un edificio os podéis hacer una idea del parque automovilístico de Conil.
Cualquier calle de Conil parece una bocacalle del World Trade Center en el
11-S. Mi coche, que venía zurrado de todo el viaje y de sobrevivir a la
cosecha y a tres encierros camperos, parecía recién sacado del concesionario.
Incluso un munícipe me aconsejó con su gracejo: "-Pisha, no lo lave má. Kakí no te merese la pena de laval lo, hío".
Decidimos irnos a descansar para
levantarnos pronto al día siguiente y aprovechar una mañana de playa. Con los
ojos inyectados en salmorejo nos costó mucho abrir nuestros párpados pero era
necesario levantarse temprano. Estaba hablado de antemano. Por muy tarde que
nos acostáramos la hora de la diana no era negociable. Nunca más tarde de las
nueve. Con nuestra fuerza de voluntad trabajando a toda máquina conseguimos
hollar la arena de la playa a las 14'15 (hora española) y a las 14'20
Pablo la estaba hoyando. No problem. Aquí no madruga ni el sol. Había una bruma
costera que cubría el ambiente.
-Ha venío el invienno- decían algunos. Debían de ser extraterrestres porque
estas afirmaciones las hacían en tirantes y sudando. Si estuvieran por aquí los
Stark....
Cuando por fin salió el sol comenzó la
pasarela de las nuevas tendencias. Los bañadores, año tras año, están
siendo fagocitados por las nalgas. Las modas son así. Cuando ya no haya
nada que fagocitar los diseñadores dirán: "-A
tomar por culo, ahora por las rodillas. La juventud traga con todo".
Y pondrán bañadores pololo y de cuello vuelto.
Entre la pasarela de arena me llamaba la
atención una especie superior que habita las playas. Son muy parecidos a los
humanos pero, aquéllos, son capaces de permanecer en su fortín de la playa
durante 21 horas seguidas sin que se les adhiera un solo grano de arena, aún
con media docena de churumbeles al lado bien provistos de cubos, palas,
raquetas y retroexcavadoras. Los profesionales de la playa hacen propias las
palabras de Jesús-Hombre: "Sobre
esta roca edificaré mi iglesia". Y, así, colocan la nevera portátil. A
su alrededor, siguiendo un orden preestablecido, sólo conocido por los
iniciados, completan el templo de toallas, sombrillas, sillas, mesas,
cortavientos, suelo radiante y repelente de arena. Nosotros, los noveles,
llegamos con nuestras 5 toallas y apenas las posamos en el suelo, el repelente
de arena de los de alrededor hace que todo grano que pasa por allí, amén de los
que hoya Pablo, se nos pegue. Mientras, mis vecinos, sacuden el felpudo Welcome
a la entrada de su campamento con la seguridad que les da saber que ni el
temido levante puede hacerles mella.
El Levante en Conil es como si se
presentara el Apocalipsis. Nosotros no lo sufrimos pero nuestra casera, Isabel,
antes de preguntar nuestros nombres y hablar del vil metal, lo primero que nos
advirtió fue sobre este fenómeno: "-Si
hubiera levante, ya lo siento, plegad los toldos, cerrad puertas y ventanas, meteos
en la habitación del pánico y si hay bajas, Dios no lo quiera, enterrad los
cadáveres con los pies atados, por si hubiera una Guerra Mundial Z".
Comimos a las 18 h con los bañadores
mojados y los cuerpos repletos de arena. Abandonamos el lugar a las 20 h
con los bañadores mojados y los cuerpos repletos de arena. Recorrimos los
10 km que nos separaban de la casa en 75 minutos (en coche, se entiende) y
dejamos nuestra humedad y nuestra arena a buen recaudo en los asientos del
vehículo. "-Esto es vida-
decíamos. Pero si un empresario nos contratara para hacer esto durante una
semana pagándonos dos de los grandes le tacharíamos de fascista explotador al
servicio de los bancos y de los mercados que sólo busca enriquecerse a nuestra
costa el hijodelagranputa.
Así pasábamos los días entre
chiringuitos, arena, coche y madrugones. No dejaba de llamarme la atención uno
de los mayores espectáculos paisajísticos que podemos contemplar en Conil. Éste
no es otro que la blancura de las casas. Todas son blancas como la leche. Unas
con tonos desnatados, otras con matices de soja, las hay de almendras, de
arroz, sin lactosa, semis... pero, todas, blancas. El comercial de Titanlux,
que llegó a Conil para abrir mercado, bajo el título de Comercial de la Década,
fue prejubilado a las dos semanas. Días más tarde lo encontraron en su blanco garaje
dentro del vehículo, con el motor encendido y una manguera desde el tubo de
escape hasta la ventanilla.
Se acercaba la hora de hacer las maletas
y no sabíamos qué hacer con los cerca de 1450 kilos de fina arena ocultos en la
ropa y en el vehículo. Decidimos en asamblea arriesgarnos y confabularnos para
ponerla en el mercado. Pablo se encargaría de su tratamiento, Carol y Raúl
la distribuirían por Madrid principalmente y yo me haría cargo del transporte.
María José blanquearía la pasta. Pero algo inesperado cambió los planes.
Apareció el Levante y se lo llevó todo.
De camino evitamos la salida 666 y
comenzamos a buscar nuevos destinos al son de (te va a resonar todo el día en
la cabeza y no lo vas a poder evitar) Des-pa-ci-to.
domingo, 2 de octubre de 2016
¡Joder con... los hospitales!
La salud es algo tan caprichoso y efímero que, apenas acabas de afirmar que gozas de una naturaleza de hierro, cuando, en unos segundos, te ves pidiendo tierra. Y cuanto antes mejor.
No hace tantos días entré encogido por la puerta del hospital con un insoportable mal de tripas. Apenas pongo los pies en la sala de espera, un médico me llama para explorarme. Me ponen una vía, me dan un calmante, me llevan en silla de ruedas hasta la sala de ecografías y salta la primera alarma. La tipa me dice: "-Voy a hablar con el médico". En el pueblo sería la comidilla: "La chica del ecógrafo se habla con el doctor!"
Vuelve y me llevan a una puerta que pone TAC, lo que en un lenguaje coloquial, para que nos entendamos todos, viene a ser una tomografía computerizada. No me hacen uno, ¡me hacen dos! Segunda alarma. En el segundo me inyectan un líquido. La responsable me informa de que voy a notar calor en la garganta y en mis partes, y que, además, no me mueva. Mi mente, práctica hasta el extremo, hace su trabajo: si el tipo de la silla de ruedas me acerca hasta el lupanar más próximo y me pide un orujo de hierbas, dando mi palabra de honor de no moverme, obtendremos unos calores prácticamente iguales y con 10 euros y una hora de celador lo tenemos hecho. Incluso el agua de fuego puede hacer que se templen mis tripas. El despilfarro en sanidad es porque no se actúa con cabeza.
Después de los calores vuelvo al box y el médico llama aparte a mi mujer. Tercera alarma. Aquí es cuando me empiezo a poner nervioso de verdad. Esto tiene mala pinta, amigo. No puedo evitar ponerme en lo peor. ¡A que son ladillas!
El galeno, por fin, se digna a hablar conmigo. Yo creo que ha recabado datos de mi personalidad con mi mujer para hacerse una idea de la causa y el grado de mi retraso o algo así: "-Salvo que el cirujano diga lo contrario, lo más probable es que te operen. Tienes el intestino retorcido." Yo no paro de pensar: "-¿Retorcido? Si analizas mi sesera me encierras-."
Por fin viene el cirujano. Un tipo muy majo y agradable. Me explica las posibles causas, el proceso a seguir y las posibilidades de salir con vida. Opta por dejarme pasar la noche en observación y así poder despedirme de mi mujer. De momento me libro del quirófano. Me pone una sonda nasogástrica, (Naso, del latín 'nasālis': puta; y gástrica, del griego 'gastriko': de mierda). Para el que no sepa lo que es, es un tubo que te meten por uno de los agujeros de la nariz, escogido al azar (en mi caso se lo jugaron a los chinos), y lo dirigen hasta el estómago mientras las enfermeras te dicen que colabores y tragues. Algo parecido se debe sentir en una violación múltiple. Pero la cosa no acaba ahí, luego tienes que convivir con el tubito dentro. Cada vez que cierro el gaznate parece como si sufriera las anginas más virulentas de mi vida e intentara tragar cristales. A Jesucristo, en su Pasión, le hicieron lo que se llama muchas judiadas y los romanos le dieron lo suyo, pero no le pusieron una sonda nasogástrica. La historia del hombre pudo haber sido bien diferente. No creo yo que en la cruz y con una sonda nasogástrica hubiera dicho eso de "Padre, perdónalos por que no saben lo que hacen". Me lo imagino mirando hacia arriba, cabreado e implorando venganza: "Padre, yo con esta gente no puedo. ¡Qué les den por culo! Déjalos y que se exterminen entre ellos." Y hoy en día sólo habría vascos, para ser más precisos de Hondarribia.
Acabo ingresado en una habitación para pasar mis últimas horas. Yo no dejo de preguntarme si hay vida después del quirófano. El cansancio me envuelve, cierro los ojos, trago y puta de mierda me despierta. Así toda la noche. Cada vez que alguien entra por la puerta de la habitación yo le aprieto: "-¿Me vas a quitar la sonda de las narices?" Unos me dicen que vienen a hacer la cama, otros que vienen a fregar, otros que eso lo dictaminará el cirujano y MJ que es la tercera vez que me dice que NO. Todo esto me trae a la memoria las palabras que un sargento paracaidista tenía el gusto de dedicarnos a la tropa: "-Tú pide por esa boca que te darán por ese culo."
Llega la hora 16 p. s. (después de la sonda) y entra el cirujano. No bien da los buenos días, yo hago mi mejor interpretación de Regan, la niña del exorcista. Mi papel es ejecutado de forma magistral y el cirujano, asustado, sale a por unos guantes y agua bendita. Me quita la sonda ipso facto. "-Gracias Padre Carrack. Esto no lo olvidaré nunca". Le doy un abrazo. Me comenta que comprende mi malestar por que a él con 17 años le pasó lo mismo y desde ese día estudió para ser médico y poner sondas a discreción aunque tu mal sea un menisco. "-La vida me lo debe- me guiña un ojo con malicia y continúa-. Eres joven para estudiar medicina. Piénsalo."
Más tranquilo, sin sonda, de tú a tú, el médico me vuelve a alarmar: "-Esto que te voy a decir es muy difícil para mí." La cara se me cambia y un hormigueo recorre mis tripas: "-Adelante. Sin rodeos, doc." Coge aire, se concentra y lo suelta: "-Como poco coco como, poco coco compro. Toma ya, a la primera. En fin, ya está dicho. Que te veo muy bien, chavalote. Vete bebiendo líquidos y si todo va bien mañana te damos de desayunar. Si lo asimilas, te vas."
Mientras, el whatsapp echa humo. Muchos coinciden en culpar al deporte. ¡No te jode!, ni que estuviera todo el día fumando crack. Recuerdo aún las imágenes dantescas del final de los JJOO en el aeropuerto de Río, todos esos deportistas con su sonda nasogástrica esperando sus vuelos, a excepción, eso sí, de los golfistas y los del pádel.
Si en casa digo "Me duele la rodilla" eso es por correr; si digo que "estoy cansado", es por que vaya palizas que me doy; si tengo hambre, es que no paro. Si cuido mi alimentación es que me estoy quedando muy delgado. En fin, que vivo rodeado de operados de menisco que no han corrido más de 200 metros seguidos nunca, pero el obsesivo e imprudente soy yo.
Después de una tarde tranquila, en la soledad de mi habitación comienzo a notar algo por ahí abajo. "-Creo que estoy rompiendo aguas"- me digo. Las contracciones se suceden cada vez más rápido. Sin epidural, sin un palo que morder ni nada de nada, dilatado de pocos centímetros, asoma la cabecita. Se produce el alumbramiento. Es un ser pequeño aunque no por ello poco deseado. Allí está haciéndome ojitos. Le llamo Benjamín y pulso el botón del inodoro. No me tiembla el pulso.
Doy parte a las enfermeras (verbalmente) y después de hacer los avisos oportunos se informa a los usuarios de que en la A67 queda restablecido el tráfico.
Para asegurarme hago algo temerario. Mando a mi mujer a comprar un paquete de pan de molde y como la primera rebanada de la bolsa, esa que no quiere nadie, la indigesta, la que no tocamos ni con un palo. Si digiero esto la vida fuera del hospital me espera. Y así es.
Sólo queda recibir el alta. Tarda en llegar. Mi cirujano en un exceso deportivo ha tenido la suerte de romperse la clavícula, así que en un acto de consideración por su parte me da el alta telefónicamente. Mientras tanto mi mujer y yo vemos en la TV de la habitación Forrest Gump a la espera de que me quiten la vía. Pensando en todo lo que me ha pasado, una vez más tengo que dar la razón a la señora Gump: "-La vida es una caja de bombones....."
sábado, 23 de enero de 2016
¡Joder con... los restaurantes chinos!
Me refiero al restaurante chino de toda la
vida, no a esos modernos con tintes occidentales y capitalistas que te ofrecen,
incluso, tortilla de patata y el camarero ni tan siquiera sonríe por que se ha
vuelto demasiado europeo. Los buenos, los genuinos, se llaman Pekín, Gran Muralla o Dragón. Éstos
tienen un fondo de música relajante en los que puedes escuchar cascadas de
agua.
El inmigrante chino tiene fama de formar
clanes prácticamente inaccesibles al resto de ciudadanos; no mantienen
contacto, no se mezclan con las otras culturas y se les tacha de poco sociales.
Ahora bien, tú entras en uno de estos restaurantes y todo el personal te recibe
con un protocolo y unas sonrisas que cualquier Lord inglés envidiaría. Incluso
el cocinero, deja su labor de despiece del último fallecido del
clan (esto si atendemos a los mitos
de que no se ven esquelas de chinos) para recibirte con una
genuflexión mientras enjuga sus mojadas manos con un trapo. Este gesto no lo he
vivido en ningún otro tipo de restaurante.
Imagino que algo parecido sentirá Piqué
cuando, después de aparcar durante tres horas su flamante vehículo en una plaza
de minusválidos, sale de la discoteca y se encuentra con tres municipales
rellenando boletines mientras dicen por lo bajo: "-¡Que viene, que viene, ffhhu, ffhhu!"
El idioma, a priori, puede parecer un
obstáculo. Para nada, un chino recién aterrizado, tras acomodarte en un salón
con 200 comensales en el que un europeo no sería capaz de hacer un trastero y
sin tener ni idea de castellano, te acomoda, te entrega la carta y te toma nota
de la bebida. El idioma chino no tiene traducción para gaseosa. Yo que soy un hombre de mundo, me he dado cuenta de que
cuando le pides cerveza con gaseosa y se acerca a llevar la comanda a la barra,
el camarero balbucea palabros entre los que reconoces un
"Casela".
Después de ojear y de hojear la carta te
diriges al camarero vocalizando y hablando despacio como si tuvieras en frente
a un extraterrestre con cierto retraso. Él apunta cosas en su libreta
ininteligibles para nosotros que nos lleva a pensar: "Este capullo no me ha entendido ni jota. Me va a traer lo que le
salga de sus amarillas pelotas". Pues no. Sorprendido, comienzan a
entrar platos, y aquí el chino en cuestión, hace un despliegue inusitado de
conocimiento del idioma. Te va anunciando los siete platos del menú que
trae de una sola vez, y, mientras tú intentas averiguar qué plato es cada uno,
el chino va haciendo un alarde de trilero y coloca todos y cada uno de los
platos en la mesa. Si aplicáramos fórmulas matemáticas y calculáramos el valor
de las superficies de todos los platos y la de la mesa, nos daríamos cuenta de
que la última arroja un valor bastante menor que el de la primera. ¿Qué quiero
decir con esto? Que es imposible que los platos no se caigan ni se monten unos
encima de otros. Indefectiblemente un pensamiento nos llena de asombro: "-¡Qué cabrón, el chino!".
De todos es sabido que el pueblo chino es muy
dado a copiar. Lo copian todo. En una ocasión mi inveterada bebida, cerveza con
gaseosa, se transformó en Geineken. Con Casera, por supuesto. Ahora bien, no
todo lo que copian obtiene un resultado decente. Un ejemplo claro es el pan. En
el pan no han conseguido dar con la tecla. Tú pides un pan chino y te lo traen
caliente, le falta sal; o levadura; o en lugar de horno han metido fuego. ¿Cómo
han subsanado esto? Con el nombre. "-Lo
llamamos pan chino y a tomar por culo. ¿Quién va a ir a Pekín a preguntar por
una panadería?"
Trabajadores son como el que más. Horas y
horas de apertura y servicio al cliente sólo pueden traer ganancias y ahorros. “-¿Qué hacen con tanto dinero?”-nos
preguntamos. Eso es algo tabú. Nadie sabe qué es de los miles de euros que
deben de guardar sólo Dios sabe dónde. A parte de procrear, sólo conocemos un vicio
que les apasiona: las máquinas tragaperras. Las nuevas generaciones chinas
tienen nombres tan variopintos como Campanas, Cirsa, Avances o Especial.
Lo de la procreación es un tema aparte. El
arroz es un símbolo universal de fertilidad pero si de mí dependiera los granos
de arroz tendrían los ojos rasgados. Aunque en occidente no hay casos
documentados, en China se tienen noticias, a pesar del férreo control
gubernamental, de chinos varones capaces de provocar embarazos con sólo mirar
fijamente a los ojos. ¡Incluso siendo varón el objeto pasivo! Aunque suena un
poco fantasioso, no seré yo el que mire directamente a los ojos a un chino en
edad fértil.
Aquí, en mi pueblo, se dio hace unos años un
caso cuando menos llamativo. La hija del herrero quedó en estado de buena
esperanza y en seguida se dispararon los cuchicheos sobre el padre de la
criatura. Se la criticó, y mucho, pero ella no paraba de jurar que era
doncella. Hundida y mancillada, para limpiar su nombre, se sometió a una
revisión médica. Por voluntad propia, el informe del ginecólogo se publicó en
un Bando Municipal en el que todos pudimos comprobar atónitos y asombrados que
el padre era Huang, el cajero del Todo a Cien. Al parecer, rozó la mano de la
Encarni al darle el cambio de unas pilas Durasel. El resultado: gemelos. Desde
ese día han obligado a Huang a despachar con gafas de sol y guantes de látex. A
pesar de ello, la gente lleva el importe justo o rechaza las vueltas.
Un gran pueblo el chino. Trabajador, abnegado,
humilde, prolífico y misterioso. Serviciales y acogedores en esos
fabulosos restaurantes. Para terminar voy a colgar el calendario de mi última
cena en el Gran Muralla y a esperar a que hable el Predictor (al pagar se me
olvidó lavarme las manos y no estoy para correr riesgos).
domingo, 2 de agosto de 2015
¡Joder con... las vacaciones!
Vacaciones en Cádiz.
Son las 4 am. Comienza una maravillosa semana de vacaciones en la playa y en familia. Nuestro destino es Cádiz. Madrugar es la única solución para que el pequeño no dé mucho la tabarra y haga el viaje dormido. En Castilla y León está prohibido el cloroformo y en el coche no puedo sintonizar el Boing.
Enfilamos por la ruta de la plata con más de 700 maravillosos kms por delante. A medida que se vacía el depósito de gasoil aumentan las dudas a la hora de escoger una buena salida para repostar. Todas las estaciones de servicio que dejamos atrás tienen una pinta estupenda, están al lado de la autovía y además el parking tiene los coches suficientes para hacernos creer que se come bien, pero no tantos para que nos haga sentirnos agobiados.
En la próxima paro, me digo. Aquí es donde se cuela el factor laputavida. La siguiente, resulta ser una estación de servicio de mierda que te saca a 5 km de la autovía. El GPS no para de repetir: "-Coja la primera salida y dé la vuelta". Para mejorar las expectativas acaban de parar dos autobuses de jubilados y tres del Sporting que viene de jugar un amistoso contra el Fregenal de la Sierra, justo antes de parar nuestro motor y ya se están haciendo fuertes en la barra. Además, el camarero está de resaca y se ha roto el aire acondicionado. Voy al aseo para cambiar las aguas. Sale un tipo ajustándose el cinturón que evita mi mirada. Mal gesto. Esto no augura nada bueno. Abro la puerta del retrete y se confirman mis sospechas. Vámonos. Ya pararemos por Almendralejo.
Continuamos viaje y, ahora sí, las siguientes 212 estaciones de servicio vuelven a ser un paradigma del paraíso.
Por fin llegamos. Ya estamos en el Puerto de Santa María. Ya nos hemos hospedado. Mientras buscamos un sitio para comer saludamos a la mitad de los vecinos del pueblo de los que venimos huyendo pero que indefectiblemente te encuentras año tras año, sea cual sea el destino elegido.
Muchas playas, muchísimas, optamos por una de la zona conocida como los Toruños que me transportan al baño del bar de carretera donde paramos hace ya unas horas.
Una maravilla de playa, arena fina, larga, muy larga y sin problemas de espacio.
El cansancio del viaje hace mella y mis ojos comienzan a cerrarse. Una campanilla me despierta. Glin, glin, glin, glin, glin.... Los buscavidas advierten su presencia a toque de esquila: "- Vamo niña. A euro. Lo mehore durce der Puerto. La napolitana, lo shusho con su asuquita. Venimo a endurzarte la tarde."
¡Tarde! la que me estáis dando, cabrones. Tú, el de las Cocacolas, el de los pareos, el de los mojitos, el de las trenzas, el del pescaíto, el de las copas en la disco.... Como diría Robe Iniesta: ¡Iros todos a tomar por culo!
Hotel muy bonito, céntrico y limpio; los porteños, simpáticos y serviciales; la comida buena y barata; el ambiente agradable. En resumen, recomiendo el Puerto de Santa María. Le doy dos estrellas GoodYear.
Puedes, incluso, dar un paseo en calesa. Yo no lo hice pero sí vi a un inglés de Southampton que tomando asiento le decía al conductor: "-Mi querer ver puertou deportivou." Desaparecieron entre la caló y el tráfico. Media hora más tarde les volvimos a ver, el guía igual, el inglés más rojo si cabe y el caballo desencajado por semejante paliza. Tras pedir la cuenta, el hijo de la pérfida Albión protesta, sintiéndose engañado por la cuenta: "-Mi querer ver tarifa." El caballo asustado no se permite el lujo de dudarlo un instante y girando su cuello no da opción al guiri; "- A Tarifa te lleva tu puta madre".
Es un tópico eso del desapego al trabajo por parte del pueblo andaluz. Yo sólo puedo decir en su defensa que la culpa es del clima. Por lo general soy de dormir alrededor de 7 horas. Pues aquí 12 no me eran suficientes. Llegaba a la playa y caída en brazos de Morfeo. Comía y me quedaba traspuesto. Nos sentábamos a tomar un refrigerio en una terraza y el peso de los párpados era insuperable. Era llegar al hotel por la noche y abrir los ojos sobresaltado a las 12 del día siguiente: "-¿Dónde estoy? ¿Cómo ha quedado el Madrid?"
Así que no culpemos al pueblo andaluz, culpemos al clima. Un andaluz en unas condiciones climatológicas más favorables no tiene nada que envidiar a un chino en cuanto a productividad se refiere.
Uno de los días montamos en un catamarán con destino Cádiz. Es un viaje plácido y tranquilo aunque no debe pensar lo mismo un tipo que se sentó a mi lado. Apenas zarpamos comenzó a perder el color. Todos los días de bronceado se fueron en un "levad anclas". Yo, servicial le ofrecía bolsas y le animaba a que asomara la cara por estribor para recibir el viento de poniente en su rostro. Dos veces tuve que sujetarlo para que no fuera pasto de los tiburones. Ya en puerto, la tripulación tuvo que hacer uso de todo su poder de persuasión para que soltara la barandilla y abandonara el barco. A la vuelta, en el interior de una tasca, volví a oír su voz familiar. En pose orgullosa, rodeado de grumetes, proclamaba cómo en uno de sus viajes por los siete mares, la tormenta partió el palo de mesana y tras comprobar que todos huían, cortó el velamen a la vez que las olas le castigaban el cuerpo y cegaban sus ojos. De vez en cuando hacía una pausa para despertar la curiosidad de los marineros dando una chupada a su pipa. En una de estas pausas no tuve por más que felicitarle y hacerle llegar mi alegría de que hubiera recuperado el color y el espíritu. Aunque yo juraba a la parienta que era el de los mareos, éste se excusó: "-Caballero, nunca antes nos hemos visto. Usted me confunde con otra persona." Dicho esto, pagó su consumición y se esfumó.
En Cádiz pude ver hechos y personajes que pensaba extinguidos hace ya siglos. La vida del Buscón y el Lazarillo de Tormes pululaban por las antiguas calles gaditanas. Una mujer entre cómica y patética quería hacer ver a los ciudadanos y ciudadanas una rara enfermedad consistente en poner un pie patizambo, el otro, unos centímetros adelantado pero con los mismos síntomas; ahora doblamos la cadera 90 º y mantenemos el tronco paralelo al suelo, para no acabar con una distrofia real, la impostora apoyaba el peso del cuerpo en sendas muletas, la cabeza erguida y el rostro compungido completaban esta rara enfermedad, a día de hoy, no reconocida por la OMS. Unas monedas rodeaban a esta extraña figura.
Otro de los sujetos que más llamó mi atención fue el hombre de la silla. El hombre de la silla es desgarbado, alto, de tez morena. Una perilla adorna su afilado rostro y está tocado con una gorra echada hacia atrás y de los Nets. En una mano ase una botella, medio llena vamos a decir, de vino y con la otra empuja una silla. Lo que descuadra la imagen es la silla. Se trata de una silla de oficina, de cinco ruedas, tapizada en color verde y con más mierda por centímetro cuadrado que un establo. El tipo la lleva allá donde va. Discute con todo el mundo y pide monedas a quien le quiera escuchar. Toma asiento unos segundos, da buena cuenta de la botella y continúa calle abajo con su lecho de pulgas a ruedas.
Otro de los días, nos acercamos a un parque acuático. Lo primero que me impactó fue un sujeto de unos 60 años algo fondón. Más que el fulano, lo que te impedía mirar a otro lado, era su bañador. Mejor dicho, la manera en que lo llevaba puesto. Era tipo turbo. Negro. Y grande. Lo llevaba alto, como si unos tirantes invisibles lo elevarán por su tronco. Por su forma de hablar diría que era de fuera pero por la forma de llevar el bañador diría que era extraterrestre. Además puedo afirmar que no se llevaba bien con su familia. Si le quisieran, aunque sólo fuera por heredar, algún miembro le tendría que haber advertido: "-Bájate eso, por dios-".
Si llenáramos de plomo el bañador y le lleváramos a un hospital para realizar unos rayos, en la placa resultante sólo podríamos analizar enfermedades pulmonares, nada de riñón para abajo.
Nuestra estancia en el parque terminó de forma trágica. Después de presenciar cómo un niño pedía ayuda ante un inminente ahogamiento, me despojé del reloj, le cedí el iPhone a la parienta confiándole la clave de desbloqueo y me tiré a auxiliar al pequeño ante la pasividad de los socorristas que habían quedado acongojados ante tan complicada misión. Resultado: niño a salvo y yo con una incisión en la barbilla que había que suturar. Y rápido. Saqué un hilo del dobladillo del bañador y pedí urgentemente una aguja, un espejo y una botella de whisky. Me cerré la herida con tres puntos mientras la gente se agolpaba y daba palmaditas en mi espalda. No ha colado, ¿verdad? Está bien. Me caí del tobogán y el médico me tuvo que prometer que me podía quedar con el palito si dejaba de gritar.
La segunda mitad de las vacaciones estuvimos en Tarifa.
Tarifa está bien si te gusta el surf y tienes cometa, luces tatuajes, comes pizza y no te asusta el agua fría.
En el Puerto Sta Mª el agua de la bahía está calentita. Si eres de infusiones, puedes meter al baño maría una bolsita de roiboos o de cola de caballo y en unos minutos tienes una bebida caliente. Incluso mi mujer se bañó. Ella que se ducha con traje de neopreno. En Tarifa, no. A Tarifa llega una foca gris y mete una aleta, luego la otra, dice un par de veces "¡coooño!". Vuelve a la arena. Se lo piensa. Cierra los ojos al grito de "suputamaaaaadre" y antes de sumergirse, saca un billete para Marruecos en el primer ferry.
En Tarifa los valores del culto al cuerpo están bastante desarrollados. Ellos caminan por la playa con esos andares entre robóticos y de confianza en uno mismo que dan los músculos. Siempre me pregunto si este proceder es más físico que psicológico o viceversa. Los kilos de músculos están aderezados con múltiples tatuajes. Hoy en día, en una playa, si no tienes un tatuaje eres como una gaviota. Si tuviera que elegir, me tatuaría el six pack y así mataba dos pájaros de un tiro, con perdón de los animalistas, es sólo una expresión, no os vayáis a querellar.
Ellas, con sus bañadores intentan tapar el espacio comprendido entre dos meridianos consecutivos, lo que viene siendo, en castellano, la raja el culo por detrás y el felpudo maldito por delante. Más tarde sustituirán sus pedacitos de tela por unos pantaloncillos en los que la unidad de medida ya no son los meridianos. Ahora nos vamos a expresar en paralelos. Aquí la raja el culo no es lo importante. Lo que importa son los mofletes y su visibilidad. Prestando especial atención a los hemisferios sur de ambos. Llegar a ver el ecuador es difícil pero hay casos documentados.
Un par de días en Tarifa me han dejado exhausto. Dormir es imposible. La cama del apartamento cruje. Al más mínimo movimiento chilla como si estuviera metiéndose en el agua. A veces creo que sólo pensar en darme la vuelta es captado por ella y comienza a crujir despertando al bloque entero. En una ocasión intenté engañarla levantado despacio una mano para luego mover un pie pero fue más lista, me pilló. Acabé durmiendo en el suelo. El dueño se niega a hacernos una rebaja y asegura que todo son fantasías pero en sus ojos se aprecia algo: comprensión.
Son las 4 am. Ha pasado una semana. Despierto con los ojos inyectados en sangre. La puta cama no ha dejado de gritar en estos últimos tres días. Iniciamos la vuelta a casa con la esperanza de dormir sin sobresaltos.
sábado, 6 de junio de 2015
¡Joder con... las dietas!
Dejamos atrás un nuevo invierno y como viene siendo cada vez más habitual, el verano nos golpea sin prácticamente avisar. Tiramos de la sana costumbre española, con perdón de vascos y catalanes, de dejar todo para última hora y comenzamos una operación bikini relámpago que debe estar finiquitada antes de que abran las piscinas. Me quedan dos semanas. ¡Aaaaaaahhhhhorror!
Buscamos soluciones rápidas y yo he oído hablar de una dietista que promete perder 2 kg por semana o si no, te devuelve encima. No lo pienso y me lanzo a una ilusionante primera visita. Aunque mi fuerza de voluntad no disminuye un ápice, consigo hacerme una idea de lo que se me viene encima.
Mi cesta de la compra habitual se asemeja más a la de una peña de un pueblo en fiestas que a la de una familia. En mis armarios abundan las patatas fritas, los frutos secos, chocolates, magdalenas, galletas con todo tipo de relaciones con el chocolate: bañadas, con pepitas por dentro, por fuera, encima, debajo, blanco, negro, semi....,
Pues la tía me ha dicho que todo esto fuera. Que mis armarios deben parecer la despensa de Auschwitz y que lo sustituya por cereales. Me ha dado una lista de ellos que además de aportar pocas calorías están riquísimos. Ahora bien, estos cereales no han llenado mis expectativas. Puede que tengan pocas calorías pero sus propiedades organolépticas son lo más parecido a masticar esparto. Ni si quiera te manchan las manos. Mi hámster se niega a probarlos y se me tira a morder cuando le lleno el comedero. El canario ya no canta su dulce melodía, ha solicitado un Habeas Corpus, y ahora, para colmo, se me ha hecho de Podemos.
Otra de sus recomendaciones va encaminada a convertir su lista de pacientes en su cabaña de vacuno particular. Me habla de vegetales que yo creía extinguidos: brócoli, acelgas, apio, cardo, espinacas, coles... Me dice que están muy buenos pero ¿habéis pasado alguna vez por un campo recién abonado con purines? Pues después de cocinar alguno de estos vegetales desearéis que vuestra casa huela como unas cebadas recién duchadas con los meados de las vacas, los cerdos y/o las ovejas. Un consejo: si podéis, cocinadlo en el patio, pero del vecino de la calle de al lado. Y si tenéis un bovino cerca intentad escamotearle sus cuatro estómagos porque no hay uno de origen humano con la capacidad de digerir estos alimentos. No tienes más que ir al súper y saber leer las señales. En el pasillo de los vegetales, amenizado por el Requiem de Mozart, encuentras gente amargada, infeliz de la vida, enfermos de colesterol, diabéticos y despistados. Ahora, vas al pasillo de las galletas, los bollos, las mantecadas, tigretones y demás, y todo es alegría.
A pesar de todo lo dicho, la dietista es una dechada de permisividad. Me deja oler el chocolate: 2 aspiraciones cada ocho horas. Las napolitanas las tengo que considerar billetes de 200, sólo las puedo ver en foto o en pintura, y si es en esta última modalidad quedan prohibidas versiones hiperrealistas. El chorizo, permitidos dos parpadeos rápidos con la nariz tapada. Puedo preparar un cocido semanal, eso sí, de comerlo nada. En algún momento, todo hay que decirlo, he pecado de debilidad. Sin ir más lejos, ayer mismo, abrí una lata de mejillones en escabeche y contemplé su interior durante más de tres misisipis.
Uno de los puntos más peliagudos y que ha desatado arduas negociaciones ha sido los helados. Soy un asiduo, adicto, adepto y reincidente. Abro una tarrina de Mercadona 500 ml. de, por ejemplo, nueces de Macadamia, y emprendo una firme labor que no terminará hasta dejar la cuchara, tapadera, envase y plastiquillo como sacados de fábrica. Ante las dudas razonables de la posible desaparición de esta costumbre, intenté adelantar una salida digna para mí golpeando primero y ofrecí, lo que yo consideraba un trato justo: cambiar el atracón diario por un par de cucharetazos (tan mal pintaba la cosa). Pues va la tía puta y me suelta que lo cambie por un flash. ¡Y una polla!
El otro punto que más recelo despertaba y que me llevó a plantearme si quiera la visita era la cerveza. Dejar la cerveza me iba a suponer realizar un cambio existencial. Ni el nacimiento de mis cuatrillizas se me hacía tan radical. Tenía asumido que un profesional de este campo no iba a transigir con el alcohol pero mi sorpresa fue mayúscula cuando, al mencionarlo, ni siquiera levantó la cabeza. Es más, me invitó a que incluyera un par de birras diarias. Tenían que ser de una marca concreta. Mi gozo en un pozo. Al igual que los cereales la carroza se convirtió en calabaza al primer sorbo. Su composición no conocía el lúpulo, la cebada, la malta, ni el anhídrido carbónico. Es más, para cobrar las facturas venía el hombre que me lee el contador del agua. Muy sospechoso. Me veía morir. Intenté llegar a un nuevo trato con ella. Un trato muy caro. Si obviaba los helados me dejaría escuchar el descorche de tres botellines de Mahou diarios y lamer la espuma que derramen.
Pasan los días y este camino se está haciendo muy pedregoso. Acabo de pasar por un bar y mientras yo tomaba una infusión (de esto no tengo límite ninguno, maldita la falta que me hace), a mi lado un albañil devoraba un pincho de tortilla con un par de torreznos que hicieron que me emocionara. Al coger el vaso de una espumosa cerveza cuyo mar blanco se deslizaba, mojando su mano, y llevárselo a la boca, no pude evitar que dos lagrimones tamaño Din A-3, cayeran lentamente por mis mejillas obligándome a huir al excusado mientras no paraba de preguntarme: ¿por qué?, ¿por qué?
La recompensa a todo este sufrimiento llega cada miércoles en una nueva visita. La báscula habla. En los primeros 15 días he perdido un femtogramo. No es para tirar cohetes, no. A este ritmo el 19 de julio del año 3567 estaré en mi peso ideal. Lo importante es que no he ganado. Aunque como dicen por ahí con esta dieta cuando lleve un mes lo que habré perdido serán unos 30 días.
¡Ponme una de bravas y... a tomar por culo!
(Dedicado a María José, sé fuerte)
martes, 29 de abril de 2014
Joder con los abre fácil
¿Cuántas veces has cogido un producto, por lo
general un alimento, encerrado en un envase y has leído eso de "abrir por
aquí", "open", "abrefácil", etcétera?
El envase es la tarjeta de presentación no
sólo del producto, sino de todos y cada uno de los trabajadores que forman el
grupo empresarial. Un envase debe reunir una serie de requisitos para
transmitir la imagen que en el exterior la empresa quiere proyectar.
Tú, confiado e inocente consumidor, entras al
trapo y, con una mezcla de orgullo y satisfacción por el producto adquirido,
con su envase moderno, práctico, cómodo y sobretodo, en estos tiempos que
vivimos, ecológico, no ves llegar la hora de poner en práctica eso del
"open".
Es aquí cuando se te cae la venda de los ojos
y descubres la gran mentira de la ingeniería alimentaria. Donde antes
imaginabas a unos profesionales con su bata blanca impoluta, por la que asoma
un inmejorable nudo windsor en su corbata, sus gafas de seguridad, acaso una
mascarilla, su cabello repeinado...; después de haber pasado por el trance de
abrir uno de estos artilugios del diablo, aquéllos se convierten en los mayores
bastardos que puedas imaginar, capaces de hacer despertar de tu interior el
Quevedo que llevamos dentro para elaborar complicadísimos juramentos, productos
de no poca reflexión.
Pongo algunos ejemplos.
¿Quién no ha sido tocado por la diosa Fortuna
con uno de esos tarros de cristal cuya tapa se abre en el sentido de las agujas
del reloj? ¿O es al contrario? Espera que cojo un trapo. ¡Anda quita, déjame a
mí! ¡La puta madre que lo parió! Joder, ¿Con qué lo han cerrado? ¿Con Loctite?
Prueba con el escoplo. No, con el cuchillo. Ponlo debajo del grifo. Dale
unos golpecitos en el suelo boca abajo, a ver si así... Llama a tu padre anda,
a ver si él...
Al final lo acaba cogiendo la abuela que tiene
artritis en las dos manos y se escucha un sonido mágico: PLOP. Eso sí, se
mancha la bata con el líquido interior, mientras los demás se quejan:
"-¡Claro!, se lo había dejado a huevo"-.
Uno de mis envases favoritos es uno que está
elaborado con una parte de plástico duro que hace las veces de continente y una
lámina de plástico fino con la función de tapadera, como por ejemplo, el de las
pizzas precocidas. Llevan una pequeña solapa que se levanta para poder
tirar de la tapa y abrir el producto. ¡Ni de coña! Sería más fácil despegar
Crimea de Rusia. Comienzas rascando con la uña para levantar la solapa
pero es un acto inútil. Después de haber dejado los dedos en el intento,
recorriendo todo el perímetro del envase llegas a la conclusión de que es
inexpugnable. He leído sobre algún caso positivo, en el sur de Estados Unidos,
en el estado de Alabama. Un sujeto capaz de despegar 4 de cada diez, si
bien luego el plástico se le rompía.
Al final, acabas poniendo en práctica el plan
B y destrozas la tapa con el cuchillo. Sin ningún tipo de rencor, porque eso no
va contigo, dejas el trozo más grande del plástico como el azúcar glass y tiras
la pizza a tomar por culo porque se te ha quitado el hambre.
Uno de los que encuentro totalmente sin
sentido es el cartón de las barras de helado. Su apertura se realiza tirando de
un troquelado que rompe el molde de papel por su cierre recorriéndolo a lo
largo de una de las caras. Un troquelado de estos puede tener ¿30? muescas. Pues
no conozco a nadie que tirando de la cinta haya conseguido romper más de tres.
Luego, esperanzado tiras por el lado contrario con idéntico resultado.
Mientras, la familia entera está salivando, cada uno con sus dos galletas en
ristre metiéndote prisa. Coges el camino fácil, el cuchillo, y vas despegando
todas las caras del helado. Para que no se pierda un ápice repasas el cartón
con el cuchillo y le das el correspondiente lametón al cubierto. Los demás
indignados no paran de protestar mientras tú te agarras al socorrido:
"-El que parte y reparte....-"
Las botellas del oro líquido, el aceite,
llevan unos tapones que son auténticos sistemas de seguridad. Primero te las
tienes que ingeniar para romper un precinto de plástico que recorre la
circunferencia del tapón. Puedes confiar en que sale de una pieza igual que
confiarías que sale adelante una enmienda de la oposición. Toca meter cuchillo.
Salvado este primer escollo nos encontramos con una anilla de plástico en el
interior de la que hay que tirar para arrastrar la membrana que cierra.
Intentas meter el dedo índice, no cabe. Pruebas con el meñique y aquí sale
relucir todo el trabajo de investigación de los hombres de las batas. Te dejan
entre dos aguas. El meñique cabe lo justo para que puedas agarrar la anilla
pero que luego, cuando vas a tirar, se suelte. ¡Hijosputa! Esto hace que estés
unos buenos diez minutos intentándolo hasta que, desesperado, vuelves a
coger el cuchillo. Metes la punta y cuando vas a tirar: "-A la
mierda-" Se rompe. Solución. Clavar el cuchillo. Aquí, imaginas que lo que
estás pinchando son los escrotos de esos malnacidos de bata blanca. Ya no
tienes ganas de aliñar la ensalada.
Otro muy curioso. Las cajas de galletas, no
todas. Me refiero a esas que una vez abiertas llevan un sistema macho-hembra
para que la caja quede cerrada después de cada uso. Consiste en una pestaña del
propio cartón que se introduce en un corte hecho al efecto. Muy bonito, muy
bien pensado y muy práctico. El problema surge cuando intentas abrir por
primera vez la caja. Está tan pegada que arrancas de raíz la pestaña, el corte,
siete "r" impresas en otras tantas "Marías" que hay en su
interior, A meter cuchillo.
Da gusto ver como cada día esta gente nos hace
la vida más cómoda, más fácil. Pero nunca, recuerda, nunca, subestimes el valor
de un buen cuchillo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
